Los chicos y las mascotas
 

 

Todos los niños deberían tener dos cosas: un perro y una madre que les deje tener uno

Hace 17 años (por lo que recuerdo no tenía aún celular), suena el teléfono de línea de mi consultorio en un intervalo entre pacientes. "Me parece que se murió Rocky, no respira, dígame por favor que hacer". La voz desesperada de la señora que cuidaba en aquel entonces a mi hijo me alerta de la supuesta muerte de su cobayo.

Fui tan rápido como pude. Efectivamente el animalito había muerto (después el veterinario nos comentó que los cobayos suelen tener problemas cardíacos repentinos).Mi hijo estaba en casa de un amiguito y había que darle la noticia, la congoja en su llanto es un recuerdo que se reaviva con este relato. Lo enterramos en el jardín y dejo su ruedita como recuerdo al lado de Zafiro, la cobaya y compañera, que vivió un tiempo más.

Los niños y las mascotas tienen quizás uno de los vínculos más puros que puedan existir. La nobleza de los animales, (que carecen de las complejas emociones que a veces los seres humanos ponemos en juego) hacen que el amor hacia los dueños sea incondicional y absoluto.

“Cuanto más conozco a los hombres más quiero a mi perro”, “mi amigo fiel” y otras frases dan cuenta de uno de los amores más puros y menos mezquinos que puedan existir. Se trata de un afecto sin ambivalencia, despojado de los conflictos de la cultura y libre de malicia y sentimientos encontrados. Los animales están allí, en las buenas y en las malas, en días de sol y de tormenta, no cuestionan, “no piden nada a cambio de lo que dan” como dice la hermosa canción de Pablo Milanés.

Cuanto más evolucionado sea el animal, mayor la riqueza del vínculo y la interacción posible, claro está. Cuando hablamos de inteligencia en el reino animal, debemos diferenciar sin entrar en tecnicismos que hablamos de esta en el plano instintivo, racional primario o lograda bajo entrenamiento. Ya sea para la simple capacidad de resolver problemas, del entendimiento, la elaboración de información, reflejo condicionado, etc.

Hay una de las cualidades que subrayo como la más importante que es cierta capacidad de “empatía intuitiva e instintiva” ( y pido disculpas a los etólogos por la poca rigurosidad científica de este término, pero así encuentro la manera más sencilla de nombrarlo). Hablo de aquella parte del vínculo en donde, y esto se ve más claramente en los perros, el animal percibe los estados de ánimo de sus dueños y acompaña con una nobleza e incondicionalidad de la que muchas veces las personas deberíamos tomar nota.

Leí en una pared como grafitti lo siguiente "un perro tiene muchos amigos porque mueve la cola y no su lengua". A la inversa, muchos chicos pueden poner a jugar emociones con sus perros que en los vínculos con pares se les hace cuesta arriba.

Reflexión de una madre de adolescente con toda su terquedad emocional a cuestas, salvo con el cachorrito. “A mí me consta que mi hijo es cariñoso por la manera en que abraza a su perro. Por lo menos sé que hay un tierno adentro suyo, eso me tranquiliza bastante". En este caso, es un jovencito con su crisis saludable a cuestas, pero muchos abordajes con chicos autistas y otras patologías se llevan a cabo con animales (perros, caballos) como suerte de acompañantes terapéuticos.

Pero (y siempre hay un pero en la vida), los perros suelen tener una vida mucho más corta que los humanos, y la enfermedad y muerte de un compañero tal suele ser a menudo el primer contacto que los niños tienen con la desaparición de un ser querido.Una de las consultas más particulares que recibí en mis casi 30 años de profesión fue la de un médico veterinario que me pedía lo ayude a acompañar a los chicos cuando tenían que despedirse de sus mascotas.

El sufrimiento de los pequeños lo convocaba como profesional y padre que es a pedir orientación. Me conmovió su compromiso y trabajamos durante unas pocas entrevistas con herramientas para que pudiera sobretodo orientar a los padres para que ellos contengan a sus hijos en esta situación.

El recuerdo de esta experiencia terapéutica me lleva a una de películas con la que más he llorado en mi vida, “Marley y yo”. Aclaro, a manera de digresión que sí, que los hombres también nos conmovemos de la misma manera que las mujeres, sólo que culturalmente nos damos menos permiso que ellas para dar rienda suelta a esa emoción.

En esa película, Marley es un maravilloso labrador, acompaña y marca diría yo el crecimiento y la formación de una familia al compás de una hermosa historia de amor que culmina con la muerte del animal. El desenlace, aunque previsible, no deja de ser un golpe duro para el espectador, que de una u otra manera se siente identificado con lo que en la pantalla transcurre.

La muerte de una mascota implica un duelo, y defino el duelo como el proceso de elaboración del dolor ante la pérdida de un ser querido. Puede darse por otras situaciones de crisis vitales (separaciones, mudanzas, cambios de trabajo, etc.).

En este caso tomaremos sólo esta. El duelo requiere tiempo, elaboración, y tiene distintas etapas. El enojo, la negación, la tristeza profunda, y con el tiempo, aprender a convivir con la idea de la pérdida con el mayor grado de aceptación posible.

Un amigo de mi hijo mientras escribo estas líneas se acerca, lee y dice: “Qué triste, es igual que se te muera un familiar, lo mismo”, tras lo que se marcha pensativo. Vayan entonces algunas herramientas para acompañar a los pequeños en estos trances.

 

Las preguntas de los chicos

Además de las cuestiones cotidianas, las preocupaciones más profundas aparecen en la mente de los pequeños pidiendo explicaciones y sorprendiendo a los papás: el origen de los niños, la naturaleza, el mal, el bien, las desigualdades económicas, el amor, la separación, el sexo, etc., son preguntas obligadas que necesitan respuestas.

Y la cuestión de la muerte aparece como pregunta obligada alrededor de los cuatro o cinco años habitualmente. Más allá de cualquier creencia religiosa, los niños requieren respuestas precisas y claras.

La idea de que hay otra instancia después de la vida puede tranquilizarlos en primera instancia, pero los inquieta generalmente en el corto plazo. Pensar que están en una nube, o los miran desde una estrella suele ser pan para hoy y hambre para mañana en cuanto a la posibilidad de entender que no los van a ver más.

Un pacientito de 8 años desarrolló un trastorno del sueño mirando por la ventana durante semanas tratando de ubicar a su perro ya que su madre le había dicho que estaba en el cinturón de Orión.

Difícil, pero es mejor que sufran con nuestra contención y puedan dar vuelta la página. También es importante explicarle, más allá de cualquier creencia religiosa, lo que se va a hacer con los restos del animal, y darle a elegir qué participación quiere tener en el evento dentro de lo razonable. Lo traumático no es estar, si no no poder ponerle palabras, imágenes y representaciones a lo vivido.

 

Claves para contener las emociones y la tristeza de nuestros hijos

Acompañemos a nuestros pequeños en el curso de sus emociones, estando ahí sin invadir y dejando que lo que tiene que fluir fluya. Si está enojado, que desagote su enojo, sin lastimarse él, ni nadie, sin romper cosas. Si está triste, hagamos lugar a la tristeza sin intentar tapar por la pena que nos provoca verlos sufrir lo que él o ella siente.No pretendamos para quedarnos nosotros más calmos, calmarlos a ellos, simplemente basta con un cálido abrazo que los contenga. Acompañemos intentando decodificar qué es lo que de nosotros necesitan; a veces, la palabra, otras poner el cuerpo. Si necesitan hablar, escuchemos, si necesitan silencio, acompañemos. Sin embargo, si vemos que tienen lagrimitas atoradas o palabras atascadas, facilitemos la emergencia de lo que obstruido se encuentra.

 

Un clavo no saca a otro clavo

“Mamá, llamemos a casa, algo le pasa a Turuleca”, repetía insistentemente el pequeño, quien intuía que su mascota, su amada gallina, estaba en problemas. Su madre, finalmente, hace caso y curiosa, inquietantemente, la gallina había muerto hacia unas horas. Pidió que la reemplacen por una similar y en su relato, me cuenta: “Mi hijo creo que se dio cuenta, pero no dijo nunca nada”.

Desde el amor, los padres tratamos de tapar el sol con las manos para que no se encandilen nuestros pequeños. Muchos frente a la muerte de la mascota intentan reparar rápidamente reemplazando el animal por la presencia de uno nuevo en la familia.

Aconsejo esperar un tiempo para que el duelo pueda hacerse, caso contrario corremos el riesgo de taponar la emoción y como en todos los órdenes, lo que no se dice hace síntoma, y alguna manifestación tendrá nuestro hijo si no transita lo necesario por la emoción que la pérdida de su mascota le genera. Cuanto más profundo haya sido el vínculo, mayor será el tiempo de la espera para que otra mascota ocupe el lugar de quien partió.

Siempre digo, que los niños tengan chichones de pequeños y no fracturas expuestas de grandes. Ayudarlos en este tipo de situaciones les dará herramientas para otras difíciles de la vida. Necesitan aprender de las frustraciones, manejar emociones saludablemente y permitirse salir adelante a pesar de los pesares. No es poco, aunque nos duela verlos sufrir, es la vida, que en el otro extremo tiene como cierre la muerte. Podrán ellos ayudar y cuidar en el futuro si les damos los elementos en el presente.

 

FUENTE: http://www.clarin.com/buena-vida/psico/chicos-mascotas-ayudarlos-duelo_0_1514848751.html